20070616

¿Del Arte y la Postmodernidad?

Carlos Cruz Aceros

Artista Plástico

Centro de Historia del Municipio Ayacucho


Desde finales de la década de los setenta, aunque en Venezuela con cierto retraso, el escenario de la creación artística y del discurso filosófico se ha visto dominado por el debate en torno a la postmodernidad. Innumerable cantidad de seminarios, ciclos de conferencias, artículos en prensa y entrevistas en las revistas especializadas, muestras y ferias internacionales de arte nos ofrecen desde hace un buen tiempo su incapacidad para abandonar un espacio que ha devenido en círculo teorético-discursivo inútil, ligado siempre a imperativos de la moda y a corrientes impuestas por los ubicuos medios de comunicación. La postmodernidad o la condición postmoderna se ha revelado como un concepto vacío, o, confuso. Se desprende de los intentos de definición y conceptualización que vienen proponiéndose, sagazmente aprovechados por artistas, críticos y galerista, buenos conocedores de la demanda del mercado y sus oscilaciones, pero cuyo proyecto estético aparece desarticulado, incoherente, a veces cínico, a veces oportunista. El ejemplo son los italianos, «padres» de la transvanguardia, ilustrarían, mejor que nadie, esa actitud, claro sin dejar de reconocer notables valores en algunos artistas, de dicho movimiento, como es el caso de Enzo Cucchi, Morro d` Alba 1950 y Francesco Clemente, Nápoles 1952.

Entresacando al azar algunas de aquellas propuestas de definición, hubo y hay quienes, para hablar de postmodernidad, se establecen ante una diferenciación entre los conceptos de moderno, modernidad, modernización y modernismo (Ramírez Villamizar); quien la entiende, básicamente, como un retorno al individualismo (Octavio paz); como el espacio crítico que nos separa de la modernidad (Milton Becerra); como aquello que encierra un sentido original de la historia (Carlos Zerpa); la indeterminación, dispersión, fragmentación, inmanencia (Leyva Machado Kcho), el juego del asombro y, en fin, una configuración discursiva característica sin localización histórica. ¿Qué se pretende, pues, delimitar cuando se dice postmodernidad? ¿Podemos, con rigor, nombrar un espacio-tiempo que, actualmente, haya sucedido y se sitúe detrás de la modernidad? citaré unas palabras de El Anticristo de Nietzsche, en verdad clarificadoras del impasse que atravesamos: «La humanidad no representa una evolución hacia algo mejor, o más fuerte, o más alto, al modo como hoy se cree eso. El progreso es meramente una idea moderna, es decir, una idea falsa». Trasladando esta reflexión a la situación presente, pareciera, en efecto, que de la misma manera que Nietzsche se rebela contra lo moderno, es decir, lo falso, los artistas jóvenes pretenden negar una herencia moderna, apostando por un quehacer ecléctico. Entonces, ¿no constituye Nietzsche, al igual que en otro sentido Baudelaire, una individualidad que nos seduce y asombra hoy precisamente por su carga de modernidad? Su vigencia, ¿no reposa en haber pensado desde la modernidad para la modernidad del futuro, que es hoy la nuestra? Quiero decir: ¿puede afirmarse, en términos artísticos, que la modernidad ha concluido? Quizás no vuelva a darse nunca los presupuestos que encontramos en su origen, pero ¿ se deriva de ahí un agotamiento del desarrollo de sus potencialidades?

Eclecticismo, «revivals», neotradicionalismo, profusión de citas históricas, permanente revisión del legado de la vanguardia: no configura un corpus teórico y práctico que autorice establecer una circuncisión epistemológica con lo pasado, como si se hubiesen instalado signos lo competentemente sólidos y estables que permitan definir un nuevo arte, en nuestro caso un arte postmoderno. Es un sentir general, reafirmado hace mucho tiempo por los críticos Roberto Guevara y Marta Traba, el arte se convierte cada vez más en un espectáculo, lugar de encuentro —hoy los encuentros se caracterizan por servir de soporte al des-encuentro, por mostrar el alejamiento y la soledad— de públicos despersonalizados, ávidos de consumir productos fáciles, débiles, el vacío, que sólo se llena por el valor fetichista de la mercancía, para autosatisfacer su propia mediocridad. ¿Tiende el arte a estabilizarse en esta dirección? ¿Seguirá manteniéndose, de otra forma, el actual predominio de la elaboración técnica sobre los momentos expresivos de la creación artística? Quisiera creer, lo contrario, en la escritura de paréntesis del momento presente como periodo de gestación.

Es verdad que la antigua capacidad del arte, manifiesto a lo largo del siglo XX, de indicar una forma como aseveró el teórico y artista Sandro Chia, Florencia 1946 «existencia reconciliada», se ha visto sustituida por la presentación de múltiples caracteres de existencia posibles, de modelos alternativos que, en su propia y explícita multiplicidad, funcionan como herramientas de emancipación. A partir de la nueva dimensión heterotópica del arte, muchos creen que ya no le hace falta la carga utópica que lo determinó hasta hace pocos años. Desde el expresionismo al superrealismo, desde lo informal al conceptual, el arte y los creadores dejaron constancia de su voluntad por mantenerse fieles a un proyecto de desacato frente a lo normativo; también por la certeza de que su actitud y su actividad socavaban de raíz el orden social, ayudando a su transformación (aunque a partir de 1945 ese proyecto, más que colectivo se individualiza, aislándose progresivamente). Pero si el arte, desprendido de la nueva experiencia estética surgida en la década de los ochenta, se desvincula por completo de aquel proyecto, en el que se intenta salvar la fractura, aun cuando nunca se consiga, entre el hombre y la naturaleza, seguirá, quizás, llamándose arte, aunque habrá perdido un componente que lo define desde hace más de quince mil años. A esta trágica inquietud se suma otra: el sujeto creador debe reconocerse en la obra de arte y ser pleno y honestamente consciente, además, el trabajo ha de ser bien hecho, aún cuando vivimos una época en que esto se olvida con frecuencia.

Terminaré estas líneas preñadas de interrogantes con dos reflexiones de Rilke, extraídas de sus cartas escritas en los años veinte y que han sido publicadas recientemente bajo el título de Teoría poética. En la primera de ellas, define el arte; en la segunda, se pronuncia sobre el estado que debe presidir la relación entre el artista y su obra: «El modelo parece, la cosa de arte es». «No eres quien pretendes ser [...] mientras que el trabajo no se te haya hecho completamente naturaleza; de tal manera que no seas capaz de realizarlo más que justificándote por él».






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